El misterio de la Encarnación

La Encarnación, el gran misterio por el cual Nuestro Señor Jesucristo, siendo Dios, se hizo hombre, encierra una de las más importantes y bellas páginas de nuestra santa Fe. Adentrarse en él es iniciar una maravillosa aventura sin fin. Para ello, nada mejor que unos apuntes iniciales que marquen el camino a seguir.

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El misterio de la Encarnación consiste en la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la sola persona del Hijo de Dios. Los patriarcas y los profetas tenían fe explícita en este misterio, pero el pueblo hebreo lo creía sólo con una fe implícita. La revelación clara de este misterio fue hecha por el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen. Los títulos divinos de la adorable persona del Hijo de Dios y los principales beneficios de su misión están significados en los varios nombres que le dan las Sagradas Escrituras.

En Jesucristo hay: 1º dos naturalezas, la naturaleza divina y la naturaleza humana; 2º unión personal de estas dos naturalezas; 3º una sola persona, la del Verbo, Hijo único de Dios; 4º la distinción de las naturalezas.

Dualidad de naturalezas.-

Jesucristo es Dios. Así lo afirmó Él mismo atribuyéndose los poderes, derechos y honores divinos, y declarándolo ante sus Apóstoles, ante el pueblo y ante el tribunal de Caifás. Probó además su divinidad por la santidad de su vida, la perfección de su doctrina, con sus milagros y principalmente con el de su resurrección que había predicho, con sus profecías y el cumplimiento en su persona de las profecías del Antiguo Testamento, con la fundación y conservación de su Iglesia. Otra prueba de su divinidad es el culto de adoración que se le da hace ya diecinueve siglos.

Jesucristo es hombre, porque real y verdaderamente tiene alma humana y cuerpo humano. El alma de Jesucristo sólo difiere de la nuestra por sus incomparables perfecciones. Su inteligencia humana no poseía la ciencia infinita, que sólo a la inteligencia divina pertenece; pero poseía en sumo grado: 1º la ciencia beatifica, o sea la visión de la divina esencia; 2º la ciencia infusa, con la cual conocía por medio de ideas innatas, sin imágenes sensibles; 3º la ciencia adquirida que consistía en aprender por medio de los sentidos y de la razón. Su voluntad humana, distinta de la divina, era impecable; tenía sujeto al apetito sensitivo y gozaba de perfecta libertad. Su corazón fue el centro del más generoso y puro amor. Por un milagro que suspendía los efectos naturales de la visión beatifica, su sensibilidad estuvo sujeta al dolor moral.

El alma de Jesucristo estuvo dotada: 1º de la gracia de unión, de la cual resultaba que Jesucristo en cuanto hombre estaba unido personalmente al Verbo de Dios; 2º de la gracia habitual en toda su plenitud; 3º probablemente de la gracia actual auxiliante; 4° por último, de todos los dones gratisdatos. Jesucristo fue colmado de los dones del Espíritu Santo; poseía la caridad y todas las virtudes morales, sin las imperfecciones incompatibles con el estado de beatitud.

El cuerpo de Jesucristo era un cuerpo real y verdadero, y no un cuerpo fantástico o celestial. Fue formado milagrosamente de la purísima sangre de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo; y a causa de esa concepción mila­grosa y de la unión con el Verbo de Dios, su alma fue exenta de la mancha original. Jesucristo quiso libremente someter su cuerpo a los padecimientos físicos, del mismo modo que sometió su alma al dolor moral, para expiar nuestros peca­dos, demostrar que era hombre verdadero, y para darnos ejemplo de toda las virtudes.

Unión hipostática.-

La unión hipostática consiste en la subsistencia de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en una misma persona, la del Verbo de Dios. La unidad de persona no destruye en Jesucristo la distinción de las dos naturalezas, que no están confundidas ni mezcladas, pues cada una conserva sus operaciones propias. Del hecho de la unión hipostática resulta: 1º que debe adorarse la naturaleza humana de Jesucristo; 2º que las abras de Nuestra Señal tienen un valor infinito; 3º que la Virgen María es madre de Dios. A Jesucristo como Dios puede atribuírsele cuanto es propio de la naturaleza humana; y, coma hombre, lo que es propio de la naturaleza divina. Esta atribución recíproca de las propiedades divinas y humanas recibe el nombre de comunicación de idiomas. El hombre, compuesto de espíritu y de cuerpo, es una imagen de la unión hipostática.

Maravillas de la Encarnación.

La Encarnación manifiesta con gran esplendor los principales atributos de Dios: 1º su poder, porque unió dos cosas infinitamente distintas; 2º su sabiduría, porque allana, por decirlo así, el abismo infinito que existe entre Dios y el hombre; 3º su bondad, porque dio a su Hijo en rescate del hombre culpable; 4º su justicia, porque Dios recibe una expiación proporcionada a la ofensa. La Encarnación proporciona a la humanidad, gloria y beneficios incomparables.

Conveniencia de la Encarnación.-

El Hijo de Dios se encarnó para liberar al hombre del pecado. La Encarnación no era de necesidad absoluta, ya por ser una operación externa de Dios, ya porque no faltaban a la omnipotencia divina otros medidas para rescatar a la humanidad caída. No obstante, queriendo Dios salvar al hombre con una reparación proporcionada a la ofensa, la Encarnación era necesaria de una necesidad de conveniencia. Convenía que fuese el Verbo el que se encarnase: 1º porque como imagen substancial del Padre, convenía que el Verbo fuera quien reparase aquella imagen desfigurada por el pecado; 2º porque siendo Hijo de Dios por naturaleza, podía con sus méritos hacer al hombre hijo de Dios por adopción; 3º porque era natural que el Verbo, verdadera sabiduría de Dios, reconciliase con Dios a la humanidad, perdida por amor a una falsa ciencia.

Errores sobre la Encarnación.-

Los errores principales sobre la Encarnación son: 1º el de los arrianos, que negaban la divinidad de Jesucristo; 2º el de los apolinaristas, los cuales enseñaban que, siendo el alma de Jesucristo puramente sensitiva y no racional, las operaciones de la inteligencia las ejecutaba el Verbo; 3º el de los monotelistas, que no reconocía en Jesucristo más que una sola voluntad, la voluntad divina; 4º el de los gnósticos, los cuales pretendían que Jesucristo sólo había padecido en apariencia; 5º el de los nestorianos, que enseñaban que en Jesucristo hay dos personas, y que la Santísima Virgen sólo era madre de la persona humana; 6º el de los eutiquianos, que enseñaban que la naturaleza humana en Jesucristo estaba absorbida por la naturaleza divina. Los gnósticos, los apolinaristas, los monotelitas, los eutiquianos, negando en todo o en parte la humanidad en la persona del Verbo, destruyen la satisfacción, los arrianos y nestorianos quitan a ésta su valor infinito, sea negando la divinidad del Mesías, sea haciendo de su naturaleza humana una persona distinta de la divina.

 

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